lunes, 5 de septiembre de 2016

Juan José Millás sobre la lectura


El libro ha tenido siempre algo de callejón frecuentado por personas huidizas con tendencia, como decíamos, a la clandestinidad. Por eso, uno de los factores que más daño ha hecho a la lectura es el consenso respecto a sus virtudes. Cuando yo era pequeño, cuando yo era joven, la lectura no estaba muy bien vista. Los niños y los adolescentes lectores dábamos un poco de miedo a nuestros padres, a nuestros profesores. Ese miedo de los otros nos confirmaba que estábamos en el buen camino. Por haber, había incluso una lista, una bendita lista de libros prohibidos por el Vaticano, que eran, lógicamente, los que con más ansia buscábamos. Hoy, en cambio, todo el mundo asegura que leer es bueno. Lo dicen los padres, lo predican los profesores y lo corroboraría, si tuviéramos la oportunidad de preguntarle, el ministro del Interior. Con franqueza, si yo fuera adolescente, ni me acercaría a una actividad ensalzada por mis padres, por mis profesores y por el ministro del Interior. Me entregaría a los videojuegos, que producen aún mucha inquietud en las personas de orden.

Fuente: El País.

lunes, 29 de agosto de 2016

Suicide Squad


Jared Leto está enfadado porque Suicide Squad es una menuda mierda y todo mundo lo sabe. El enojo también se debe a que David Ayer, director de la cinta, quitó muchas escenas del Joker. Escenas que, en palabras de Leto, bastarían para filmar una película con él como protagonista.

El problema con Sucicide Squad es que tiene todos los ingredientes de una película de Disney. Unos inadaptados con extraños poderes y habilidades que utilizarán para hacer el bien, los sosos e infantiles diálogos entre personajes y el clásico hombre atormentado que se suicidará para salvar al mundo. Ya desde que se anticipa que alguien tiene el noble propósito de «salvar al mundo» se puede intuir que esta película apunta al cliché. 

No hay mucho que decir sobre este largometraje. Aparte de verle el culo a Margot Robbie, no tiene mayor atractivo. Incluso un ciudadano estadounidense le plantó una demanda a la productora por publicidad engañosa. Y es que, desde que se anunció el trailer, la aparición del Joker ha sido la más esperada. Y lo seguirá siendo porque, si contamos los minutos en los que Leto nos muestra su interpretación, apenas podrían llegar a cinco. No exagero. No se podría evaluar qué tan buen o mal Joker hizo el genial Jared Leto porque simplemente su personaje casi no apareció en todo el filme (de hecho, lo «matan» a la mitad de la historia).

Pero la pesadilla no termina aquí. David Ayer ya anunció que comenzará a rodar Suicide Squad 2 para el siguiente año.

lunes, 22 de agosto de 2016

Ignacio Padilla (1968 - 2016)


Cierta noche de mayo de 2003, oí al escritor chileno Roberto Bolaño contar un chiste. Estábamos en Sevilla, convocados a un excéntrico congreso donde algunos autores tendríamos que expresar lo que esperábamos de las letras hispanoamericanas en el siglo XXI. El chiste que contó Bolaño era malo. Lo contó, sin embargo, y lo recontó, y volvió a contarlo. Lo narró desde todos los ángulos posibles: como si Pedro Apóstol lo relatase a Dios, como si lo enunciase la piedra que narra Los recuerdos del porvenir, como se lo contaría Sancho a don Quijote y don Quijote a Sancho. Lo contó con elipsis y sin ellas, en todas las personas del singular y del plural, con todas los recursos imaginables de la retórica. Sin que Bolaño lo notase, las risas de los presentes se fueron convirtiendo en admirativo silencio: sabíamos que estábamos asistiendo a otra epifanía, a un instante mínimo del humor semejante a los muchos que fue invocando Cervantes al escribir su obra. Sabíamos o presentíamos que en ese chiste y en ese instante estaba muriendo algo para permitir que renaciera algo más parecido aunque distinto. Sabíamos, en suma, que estábamos atestiguando la entraña misma de la renovación de la literatura y de la lengua española.
Bolaño murió diez días después, puede que ignorando de lo que había conseguido aquella noche con aquel mal chiste bien contado desde la víscera misma del idioma y de la experiencia literaria. Quienes estuvimos esa vez en Sevilla lo confesamos unánimes en las esquelas que, como argamasillescos académicos, escribimos para Bolaño. Su broma y su alumbramiento se repitieron en cada uno de los epitafios que en la lengua cervantina escribimos para nuestro colega ido. Su chiste malo resonaba y sigue resonando en la reivindicación de cada uno de nosotros, pero también en la de Borges y Cervantes, la de García Márquez y Góngora, la de Fuentes y Gracián. Todos ellos, a su modo, insectos y entomólogos, han escrito para recordarnos que don Quijote nos hace llorar y apenas ríe porque se empeña en desestimar la ambigüedad, obsesión que lo derrota, mientras que Sancho, el sobreviviente, nos hace reír y ríe atreviéndose con la lengua al prevaricarla y al reconocer con ello la fuerza vivificante de la realidad.
Fuente: UNAM.

lunes, 15 de agosto de 2016

Richard Parra sobre el estilo

Imagen tomada de esta web.

Richard Parra está en su mejor momento, qué duda cabe. Gabriel Ruiz Ortega se encarga de entrevistarlo para el blog de la Librería Sur. Además de comentar sobre temas como el estilo, las argollas literarias y su proceso de escritura, el autor de Los niños muertos (Demipage, 2015) denuncia un agravio. A continuación, un extracto de la extensa charla:

-En más de una ocasión te he escuchado sobre el concepto que suele manejarse cada vez que se habla del estilo. 
Hay que romper con cierta idea de estilo. Con el estilo de los manuales norteamericanos tipo MLA, el de “elements of style”, o los libros de texto de redacción de la PUCP, o los decálogos de los cuentistas, o peor aún el manual de estilo literario de Stephen King, etc. Abajo con eso, puesto que, como la gramática imperial de Nebrija, plantean la utopía de un lenguaje global estandarizado, por lo tanto reducido, sin espesor mítico o histórico o poético, sin localismos. Por definición, niegan otros lenguajes disidentes, la poesía, la lengua del oprimido, postulan un discurso único, una verdad teológica, una disciplina.
-Por ejemplo. 
Cuando un escritor o escritora dice “ya encontré mi estilo”, es tiempo de dejarlo de leer, porque ha renunciado a ser artista, intelectual, y nos encontraremos con la repetición industrial de falsas obsesiones, clichés muy bien escogidos del repertorio cultural comercial de la sociedad del espectáculo. Es la estética del “caballito de batalla”, de la represión inquisitorial del deseo, de la repetición deprimido-ansiosa del capitalismo tardío, como un gif. Por otro lado, ¿qué sentido tiene hablar de estilo después del Orlando de Woolf o el Ulises de Joyce? ¿Después de Rulfo o Bernhard, negadores no solo del estilo sino de la noción misma de narrador? ¿Después de Simón Rodríguez y su lengua radical? ¿O de los Zorros de Arguedas, novela-memoria donde la negación del estilo es tan intensa que colinda con el suicidio, entendido como un devenir mítico? (...) 
(...) 
-Eso es lo bueno. Marcaste distancia con lo peor de este país. 
Para terminar quiero hacer público que, el día del velorio de Miguel Gutiérrez, en un restaurante, fui agredido verbalmente y escupido por un escritor peruano a quien nunca en mi vida había visto o hablado. Aquello ocurrió sin razón alguna. Se trata del premio Copé de novela de 2015, un tal Juan José Cavero. Deleznable. Indignante. Un asco total.

lunes, 25 de julio de 2016

Los libros que le hubiera gustado publicar a Herralde

Fotografía hurtada de aquí.

Don Jorge Herralde. Gran lector. Quizá de esos pocos editores que leen y que, a su vez, conservan intacto el buen gusto. Leemos lo que Herralde quiere que leamos, y eso no está mal. A veces el imperio de un editor se hace necesario para trazar una geografía literaria, el recorrido de autores que uno va siguiendo porque un editor lo ha diseñado así. Todo premeditado quizá. Aquí, Jorge Herralde enumera los libros que le hubiera gustado publicar; más interesante aún que escuchar a un autor sobre los libros que le hubiera gustado escribir.

lunes, 11 de julio de 2016

El franquismo y la literatura del ‘boom’

Imagen tomada de aquí.

Los censores no molestaron, en cambio, a García Márquez. Su primer libro en España fue La mala hora, en 1962, pero no sería hasta la publicación en 1967 de Cien años de soledad cuando se editaría en amplias tiradas. En 1969, Círculo de Lectores solicitó publicar 5.000 volúmenes de la novela debido a “la premura con que los clientes” pedían más ejemplares.

El censor señaló en su informe que la historia de los Buendía no suponía problema político ni ideológico alguno, aunque “moralmente, presenta un ambiente en el que predomina la inmoralidad”. El censor identificado como Lector 21, que ya había prohibido Las buenas conciencias, de Carlos Fuentes, autorizó su edición y escribió: “Como novela, muy buena”. Solo Jorge Luis Borges recibiría una aceptación tan incondicional: El Aleph pasó en 1969, dos décadas después de su publicación original, sin objeciones, y su autor fue considerado por la censura como “uno de los más grandes líricos de la lengua española”.

Fuente: El País.

lunes, 4 de julio de 2016

Escapada


Alice Munro. Hay quienes la llaman «la Chéjov canadiense» (personas con problemas mentales las hay en todo lado). Lo cierto es que si Chéjov estuviera vivo y pudiera leer un solo cuento de esta autora, la mataría sin rodeos. O le daría por el culo y luego la mataría sin rodeos. Sin rodeos, repito, como son los cuentos del genial autor ruso.

A mí me exaspera que un cuento no vaya directamente a donde quiere ir. Que los desvíos por donde el autor quiere conducir la historia duren tantas y tantas páginas. El adorno infinito de algunos relatos. Y los relatos llegan agotados al tramo final. O muchos de ellos perecen a mitad del trayecto. Una cosa muy mala eso de estirar un cuento. Algo propio de sádicos.

Muy sádica la Munro. Cada cuento de este libro bien podría ser una nouvelle. Demás está decir que los suyos son relatos que no llegan nunca al tramo final. La historia (y el lector, qué duda cabe) ya se agotó a mitad del camino. 

Y es que la Munro siente una fascinación por enumerar todo en sus textos. Todo. Descripciones de paisajes, de recuerdos, de rostros, de sensaciones, de rostros atravesados por sensaciones, de paisajes difuminados por el recuerdo. Todo entra en los cuentos de Munro, y no todo debería entrar. A la canadiense le gusta recolectar la basura en sus historias. Uno encuentra bodrio concentrado en los peores casos.

Y su mundo parece... perdón, la frase debe afirmar: su mundo es puramente femenino. Un universo plagado de menstruación, histeria, pasiones, hijas adoptadas, bebés perdidos, y todo lo que callamos los hombres que no sabemos nada de mujeres. En esto Munro es una experta. (Creo que es mujer; o venga, vamos a darle una concesión. Lo es.) Munro, decía, te refriega en la cara tu ignorancia sobre el otro sexo.

(Bueno, eso para quienes no conocen del otro sexo.) 

Mejor comprensión del universo femenino representado en los textos de la Munro, la tuvo Almodóvar. Ya en La piel que habito él/la personaje principal, recluido/a en su prisión lujosa lee Escapada. Este año, en medio del escándalo de los Panama Papers, Almodóvar estrenó Julieta. Esta cinta está basada en tres cuentos del libro de marras: «Destino»«Pronto» y «Silencio».

Vimos a un Almodóvar raro. No había tracas, personajes desesperados, muy desesperados, el encuentro de seres explosivos. No hubo culebrón. Rarísimo en Almodóvar. O, en todo caso, Julieta fue un culebrón discreto y respetable. Almodóvar (y esto pocas veces lo he visto en el cine) supo ceñirse al texto literario. Quizá a eso se debe su contención. Los textos de la Munro ayudaron a que el cineasta español no se desbocara. 

No obstante, Almodóvar logró apropiarse de la historia y, sin desvirgarla, insertar finos detalles que permitían asimilar mejor lo que la Munro, con sus santos y eternos rodeos, jamás logró expresar. Las historias de la Munro, contadas por Almodóvar, tenían más vigor y SÍ llegaban al tramo final, fuertes y vitales.   

Munro en Almodóvar sabe mejor. Munro sola no conduce a nada.   

MUNRO, Alice. Escapada. Barcelona: RBA, 2009.

lunes, 6 de junio de 2016

Rey del mundo


El predicador, cuyo nombre era Hermano John, desgranó un sermón sobre la identidad negra cuyo contenido quedó incorporado, casi al pie de la letra, al repertorio de Muhammad Ali:

—¿Por qué nos llaman negros? —predicaba el Hermano John—. Es el modo que tienen los blancos de suprimirnos la identidad. Cuando vemos a un chino, sabemos que es de China. Cuando vemos a un cubano, sabemos que es de Cuba. Cuando vemos a un canadiense, sabemos que es de Canadá. Pero ¿hay algún país llamado Negro?

REMNICK, David. Rey del mundo. Muhammad Ali y el nacimiento de un héroe americano. Barcelona: Debolsillo, 2010.